Capítulo 02

Donde se cuentan el primer choque y las intimidades del inspector

La Plaza Patera era la zona más peligrosa del barrio de Benalcatre, en las afueras de Valencia. Los taxistas se negaban a acercarse a menos de dos manzanas de este lugar. La EMT hace tiempo que retiró las seis líneas de autobuses que pasaban por allí. La Policía ni siquiera acudía cuando algún vecino solicitaba su ayuda. Y seguramente, de no ser porque Hassam Tander era muy amigo de la ministra de Cultura, tampoco habrían entrado a saco en el susodicho lugar.

En esta zona convivían numerosos grupos y bandas de ideologías totalmente opuestas: punkis anarquistas, skin-heads fascistas, monárquicos, republicanos, xirleros, yonquís, prostitutas, proxenetas, travestidos, presos huidos aprovechando un permiso, camellos, emigrantes que se ganaban la vida como podían, algún diputado que otro y varios comunistas desencantados.

Quizás, el único denominador común entre más del noventa por ciento de los habitantes de este gueto, era la aversión a la Policía, las Leyes y cualquier otro instrumento de privación de la libertad del individuo. De hecho, sólo la lucha contra los maderos en el pasado, había logrado con las diferentes bandas lucharan unas al lado de las otras con un objetivo común: expulsar a los intrusos (los policías) de su barrio.

Y precisamente, ese quince de agosto (día de san Fermín) se cumplía el quinto aniversario de la última «expulsión». Por eso no era de extrañar el ambiente festivo que se encontraron los policías y los periodistas cuando llegaron a «las puertas del infierno».

Los polis aparcaron sus coches en cordón, formando una especie de barricada. El inspector salió de su vehículo con un megáfono en la mano. Sus hombres cargaron sus fusiles y se colocaron el equipo antidisturbios.

Paco cambió el objetivo de su cámara y empezó a hacer fotos a un grupo de punkis que bebían cerveza a quince metros de ellos. De repente se unió a este grupo un individuo cuarentón. El reportero, aprovechando el potente zoom de su objetivo, comprobó que ese individuo era, efectivamente, el que buscaban. El sujeto se dio cuenta de que le observaban y se quedó mirando al objetivo. A continuación, le hizo un corte de manga al periodista y le escupió.

—Escupe, hijo de perra. Es imposible que llegue aquí —murmuró Paco antes de que el salivazo le cubriera todo el objetivo.

El inspector se llevó el megáfono a la boca. Carraspeó para despejar su garganta y comenzó su concierto de bramidos hasta que un agente le indicó que debía apretar el botón antes de hablar. Él inspector le mordió la mano y se acercó de nuevo el aparato a sus fauces.

—Queda uted detenío en nombre de la Ley. No se mueva u le volaremos la tapa de los sesos. Acérquese despacio y no le pasará ná —advirtió con autoritarismo.

El escupidor se rió y les lanzó un ladrillo. Antes de que pudieran darse cuenta, cientos de adoquines, piedras, litronas vacías y un buzón aterrizaron sobre los vehículos de la Policía. El inspector, sus hombres y los periodistas se refugiaron en el interior de los automóviles acobardados ante el brutal bombardeo.

Con los coches destrozados parcialmente en su totalidad, huyeron hasta un solar próximo en el que hicieron el balance y la cuenta de pérdidas y ganancias de la escaramuza. Salieron de los vehículos y se prepararon para una siguiente intentona de toma de la Plaza Patera. El inspector Nillo pilló la radio del coche para conseguir refuerzos.

—Atensión, atensión. Les habla linspectó Nillo. Toas las unidades, desenas y sentenas questén disponibles acudan ar solar del cruse Chiuaua con Hipopótamo. El que estando disponible no acuda, se queda sin vacasiones de pó vida —avisó mientras se sacaba un ladrillo de la nariz.

—Pero… ¿kasen ahí, señó? —inquirió una voz aguda salida del altavoz del transmisor.

—¿Uted qué cree, agente Irene Grita? Hemo limpiao de piedras la Plasa Patera. No hemo dejao ni una —contestó enfurecido Víctor Nillo mientras sacaba un capazo de gravilla de su zapato izquierdo.

A los cinco minutos llegaron doce coches más y un furgón con quince agentes en su interior. El inspector ordenó a todos cargar sus armas. Poco después se dirigieron de nuevo a la Plaza Patera, mientras que Paco y Rúper esperaban en el solar por orden del propio inspector.

Apenas había pasado un cuarto de hora cuando regresaron con lo poco que quedaba de los vehículos. La misión había sido un rotundo fracaso, pues no servía ni siquiera como un mal ejemplo al ser TOP SECRET.

Unos veinte policías fueron atendidos por golpes de piedras. En concreto, el agente Fernández, había recibido ciento noventa pedradas en el ojo derecho. Una más y le hubieran tenido que poner gafas. Y, por lo que se refiere al inspector, tuvo que ser operado allí mismo a corazón abierto pues se pisó un cordón desatado y, al caer de espaldas, se rompió la nariz.

Entre el resto del personal no había ningún herido de importancia si exceptuamos, claro está, el caso del agente que se aguantó un estornudo cinco minutos y le estalló la cabeza a mitad de la operación policial.

El fracaso de la operación trajo consigo una sensación de vacío entre los policías. Era la primera vez que habían tenido que salir por patas —o cagando leches, si lo preferís—. Los comentarios reflejaban el desasosiego interior de estos hombres. Algunos comparaban el miedo sentido durante el intento de asalto a la Plaza Patera, con el pánico experimentado cuando Jesús Gil y Gil pensó en presentarse a las Elecciones Generales.

Y el miedo, que siempre fue el caldo de cultivo de las religiones, invitó a un sacerdote metido a policía a intentar reconfortar a sus compañeros con sus palabras.

—Hay que saber perdonar. Ellos no lo hacen a propósito. Ya veréis como cuando lo piensen se presentarán en la comisaría y se entregarán por su propia voluntad. Como dijo Ezequiel…

—¡Cállese, demonio divino! Hoy ya nos han dado una paliza. Nos jugamos más de lo que recibimos. Por poco más de cien mil pesetas caminamos por la cuerda floja. Esto ni puede ni debe seguir así. Propongo ir a la huelga hasta que se reconozcan nuestros derechos, la Década Prodigiosa saque un disco con diez canciones propias, un ministro dimita por su propia voluntad y sin presiones, o, por lo menos, se nos suba el salario un doscientos por cien —sugería a grito pelado el agente Alfonsín Dicalista.

—Se van a í tós menos tú. Va haser má hora extras quer Kunta Quinte, por provocadó e insurrexto —sentenció el inspector Nillo.

—Según el Estatuto de los Trabajadores Públicos tenemos derecho a…

—Ensima de listillo. ¡Cagon los listillo! Empiesa a recogé las piesas que lan caío a los coxes y cárgalas en la furgoneta. Los demás nos vamo a í a casa que yas la hora del cambio de turno. Mañana sin falta quiero vé en el Tallé de Logística toas las piesas. Asinque, hasta mañana —dijo Víctor Nillo.

Los policías partieron todos juntos —y yo el primero— hacia sus hogares cantando bellas y románticas canciones sobre amores imposibles, princesas desconsoladas, polvos rápidos en el ascensor de un hospital psiquiátrico, y otros temas típicos de Pimpinela.

Rúper y Paco le dieron sus datos al agente González y se marcharon a casa a revelar los cuatro carretes que el reportero gráfico había llenado. Rúper, por su parte, había tomado varias hojas de apuntes en su libreta de bolsillo, para incoar un estudio sobre las tribus urbanas.

El inspector, aún con los puntos de la operación frescos, se fue a casa de la mujer de su vida. Nada más entrar se desnudó y se metió en la cama. Ella hizo lo mismo y, durante cinco horas y media, fornicaron como leones en celo.

Después de fumarse dos paquetes de Ducados, a cigarro por quiqui , el policía cogió su ropa se vistió, pagó, se despidió y se abrió a su casa. Eran las nueve y media de la tarde. Como el solía decir «se ma ido er demonio ar infierno«.

Llegó a su casa y se justificó ante su esposa con la excusa super—exprimida del exceso de faena en verano. Y en verdad no mentía pues, la prostituta que acababa de visitar, se la había trabajado a base de bien.

Su mujer, aunque parezca mentira —sobre todo porque el policía entró en casa con las bragas de la prostituta colocadas en la cabeza a modo de pañuelo pirata—, le creyó. Incluso, ante la sorpresa del marido, le preparó un tazón de Cola K—O con cognac.

Él asió el combinado y se sentó en el sofá que habían comprado en París durante las rebajas de Mayo del 68. Encendió la tele con el mando y, a los cinco minutos, vio reflejado en la pantalla un hombre saltando desde su balcón al jardín.

—¡Rayos y truenos! Juraría quue he visto un hombre cayendo ar jardín. ¿Por qué mases esto? Yo siempre t’he sido fier. Prometiste que no habrían má hombres en tu vida que yo y tu padre. Y primero fue el lexero, luego el carnicero, el cartero, el vesino, el autó de esta novela, unos cuantos lestores y, ahora, éste que… ¡vete a sabé quién coño será? —gritaba fuera de sí.

—La curpa es tuya po no ocuparte lo bastante de mi. Toí má abandoná quel perro de la tele. ¿Cuánto ha pasado desde la úrtima ves que hisimo l’amor? Por lo meno hará cuatro días. ¿Cuánto hase que no me regalas una fló u el má mínimo detalle? Por lo meno, cuatro lustros. T’has hexo má agarrao cuna lambada. Has perdio l’espontaniedad de la que me namoré —reconoció ella angustiada.

No voy a entrar en la polémica de quién tenía más motivos para ser infiel, pero sí que quiero destacar que ninguno de ellos era tenido, entre la comunidad de vecinos, como el esposo/a ideal. No en vano, todo el vecindario les conocía con el sobrenombre de «los Mihura«. Los lectores más sagaces e inteligentes habrán captado la esencia del nombrecito. Lo malo es que este tipo de lectores, no perderán su tiempo con este futuro clásico de la literatura basura elevada a las cimas del arte más puro. Pero sigamos.

Después de una discusión subida de tono, la mujer cogió la puerta y se fue (interpretando al pie de la letra lo que le había indicado su marido). El policía tuvo que colocar unos tablones y clavarlos en el marco, para que nadie pudiera aprovecharse de las circunstancias para «limpiarle» el piso. Acabada la faena de bricolage, este hombre abatido subió al cuarto, en el cual su mujer había disfrutado de los placeres carnales con media ciudad, y encendió el miserable transistor que le había regalado un cardenal catalán después de salvarle la vida. Mientras escuchaba la retransmisión de un partido amistoso de uno de los innumerables torneos veraniegos, se desnudó y entró al cuarto de baño con su cepillo de dientes y su oso de peluche «Joperra».

Con una higiene dental adecuada a su puesto de trabajo se acostó. Y recordó como conoció a su mujer. Fue hace veinte años, cuando acababa de cumplir los veinticinco:

Él, Polí Díaz (alumno aventajado) y varios compañeros más de Criminología decidieron ir de copas por las zonas de peor fama de la ciudad. Deambularon un buen rato entre bares repletos de travestidos, prostitutas y amantes de las más extrañas formas de vivir la sexualidad —yo destacaría un individuo que practicaba el sexo oral con un ventilador; le llamaban «Serpiente«, creo.

Víctor Nillo, haciéndose el despistado, entró en el antro de su buena amiga Celestina (una prostituta con más años que las pirámides), mientras que Polí Díaz se fue a casa a leer un libro de poesía, y el resto de sus amigos, algo reacios a entrar, por su educación burguesa se fueron a apalear a algún vagabundo —cosa, que según uno de ellos que estudiaba Teología, no era pecado al recaer el castigo en un desheredado.

—Señora Celes, aquí llega el hijo pródigo —anunció un individuo más feo que el Fary chupando un limón.

—¡Oiiiiiií, qué alegría! ¡Cuánto tiempo sin verte por aquís! Han pasado por lo menos dos días. Y bien, ¿quieres ver a la Janet? Creo que le gustas —comentó la sarcástica dueña del prostíbulo.

—Hoy quiero probá arguna nueva. Estoy hasta los mismísimos güevos de las de siempre. A vé si me dejas probá la mulata esa, en lugá de la Janet de las narises —protestó.

—¡Pero qué fino que es! Bueno, miras, la mulata hoy no puede ser porque está con el equipo de baloncestos de Angolas. En cambios, tengo una señorita nueva, llegada de Chinchón, República Populá Chinas, que seguro que te gustarás —le anunció la Celes.

En menos que canta un calcetín sudado, el «Tuerca» (nombre con el que era conocido Víctor Nillo entre los compañeros de clase) estaba en la habitación esperando con impaciencia. Pasó el rato siguiendo con la mirada todas y cada una de las aristas de las paredes. Pensó en cómo sería la nueva y decidió que, a no ser que pesara más de doscientos quilos, no le defraudaría, pues a las otras las tenía más vistas que el «1, 2, 3, responda otra vez». Sacó de un bolsillo un reloj con los retratos de sus padres y consultó la hora. Comprobó que llevaba otro tipo de cosas. Sí y, además, de farmacia, se dijo tremendamente satisfecho. Volvió a consultar el reloj pues los segundos se le hacían minutos, los minutos horas y las horas… ¡yo qué coño sé?

Empezó a comerse las uñas y, justo cuando se iba a comer el cinturón para apaciguar sus nervios, se abrió la puerta lentamente. Inquieto, se encendió ocho cigarros y se fijó el pelo con un moco. La puerta se abría más. ¡¡¡TACHÁN, TACHÁN!!! Y más. ¡¡¡TACHÁN, TACHÁN!!!    

Una mujer negra con un perímetro de cintura mayor que New York, entró. Víctor perdió el conocimiento y cayó desplomado. A los tres minutos despertó.

—Tranquilo, ya ha pasado todos. ¿Cómo se te ocurre desmayarte con esa cantidad de cigarros en la manos? Hemos apagado el fuego de milagros. Además, ésta no es la que te toca; ésta es mi hermana adoptivas. Tu chica está esperando en la habitación de los espejos. Ves para allá —le dijo la Celes con tono maternal.

Él entró a la susodicha sala y se sentó en la cama. Una musiquilla invadió el espacio. Era Joe Cocker cantando «You can leave your hat on» (algo así como «Ponte en pelotas pero con la boina puesta»). De detrás de un biombo salió una silueta delgada, insinuante, voluptuosa y agresiva. La escasa luz refugiaba en el anonimato a su poseedora. Poco a poco, la bailarina fue desprendiéndose de las prendas que cubrían su cuerpo epicúreo. Cuando por fin salió de la penumbra, Víctor Nillo admiró el rostro más hermoso (pues aún no había tenido la fortuna de ver mi perfil) que había contemplado nunca.

Dos días más tarde salieron de la habitación y se dirigieron directos al Juzgado, donde formalizaron su relacción mediante un contrato de matrimonio. Volvieron al prostíbulo una semana después, para agradecerle a la Celes cuanto había hecho por ellos. El lugar donde se habían conocido estaba cubierto de escombros, bomberos y policías. Al parecer, la hermana adoptiva de la dueña del garito había intentado suicidarse colgándose de una viga de madera que no atravesaba, precisamente, su mejor momento. La viga cedió y el edificio cayó cual peseta en el Sistema Monetario Europeo; es decir, en picado.

La Celes escapó ilesa, al igual que su hermana adoptiva. Y, respecto al matrimonio Nillo, sólo se podía hablar de momentos felices. Él entró por enchufe como electricista en el Ayuntamiento de Valencia. Horas más tarde, dejó el puesto porque no respondía a sus expec— tativas y mandó una solicitud para sub—inspector de Policía a la comisaría que había al lado de su casa. Como el que ocupaba ese cargo no sabía hablar inglés le dieron el puesto en seguida. Víctor Nillo no hablaba inglés, pero sabía permanecer callado en diez y siete idiomas (¡ni más ni menos!).»

Y así es como se conocieron los señores Nillo. No deja de ser curioso que, después de esta romántica historia (en plan Grease, West Side Story, Garganta Profunda, Rabocop, etc) sus protagonistas estén tan distantes. Pero en fin, a lo largo de la Historia Universal ha habido amoríos más profundos y rupturas más trascendentales para el devenir de la Humanidad: Sansón y Dalila, Dulcinea y don Quijote, Van Gogh y su prima, el Dr Jeckyll y Mr Hyde —pareja homosexual que, aunque tenían carácteres muy diferentes, siempre iban juntos a todas partes, pues polos opuestos se atraen—, Simón & Garfunkel, Slutsky y Hicth (dos economistas célebres que amaban el peligro y se hicieron policías), Alaska y Dinarama —cuya separación sembró el desconcierto y la certidumbre de un futuro negro en la Bolsa de New York—, etc.

Pero en fin, c’est la vie o, como se suele decir: el muerto al hoyo y el vivo que me pase las patatas. Perdón, es que mientras escribo esta historia para la posteridad estoy cenando con mi hámster Braulio, mi perro Carnicero y piraña Mondahuesos. Y con ellos tres soy feliz: viendo nadar a Mondahuesos, a Carnicero destrozando el sofá o a Braulio haciendo equilibrios en el palo que atraviesa la pecera y del cual acaba de caerse… ¡Dios mío! ¡Braulio! ¡Mondahuesos!…

Llevo sólo dos capítulos y ya he perdido un amigo. ¡Mal empezamos!

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