Capítulo 07

Un día deportivo de mi deportiva vida.

Sí, es cierto. Había estado durmiendo como un auténtico gorrino durante dos días y medio. Son los inconvenientes de las copas, el cachondeo, la nevera en el coche, mi irresistible encanto con las mujeres y mi afeitado barato. No sé si fue por el alcohol o por las galletas con ketchup que desayuné pero el estómago me dolía salvajemente, por lo que decidí cambiar mi estilo de vida y hacerme más sedentario, más tranquilo, más maduro; en definitiva, un capullo reprimido como la mitad de la gente que conocía.

El primer paso fue decidir qué medios iba a emplear para esta transformación de mi personalidad. Pensé en el yoga, pero recordé que la última vez que me senté a meditar me quedé dormido quince horas y casi me tuvieron que operar para estirarme las piernas de nuevo.

—»Mens sana in corpore sano» —pensé al ver el último anuncio de Fa—. Eso es, el deporte. Con el deporte purificaré mi organismo, que no es poco, y luego mi espíritu (no tengo ni idea de cómo pero lo conseguiré).

Estaba decidido. Me iba a hacer deportista de élite. Me fijéel objetivo de entrenar media hora cada día al deporte que fuera y presentarme a las pruebas de selección para la Olimpiada, ya que si me pillaban podía trincar una buena cantidad de pasta para comprar tabaco. Y así, con estos elevados ideales en la mente, cogí un Marca del ’85 para escoger mi nueva actividad.

Mis neuronas no cesaban de trabajar comunicándose con mi ruinoso cerebro…

«¿Fútbol? Se gana pasta, eso sí, pero trabajar el domingo no mola. Igual si tengo suerte y me pilla un equipo puntero de Primera, le caigo mal al entrenador y no me convoca nunca, me saldría todo redondo. Claro, que igual luego no me renuevan. O a lo mejor meto un gol de casualidad entrenando y me hacen titular… Por si acaso pasaré del fútbol».

Un deporte menos. Lo taché de mi lista y seguí.

«¿Baloncesto? No. También juegan el fin de semana y las plantillas son de quince jugadores todo lo más. O sea que por narices me iba a tocar currar algún domingo…».

Taché quince deportes más considerando los inconvenientes de ser una estrella en cualquiera de ellos, porque no nos engañemos, yo tenía madera para llegar a campeón olímpico o incluso más. Aún recuerdo la cara de sorpresa de mi profesor de Educación Física cuando logré hacer cuatro abdominales en cinco minutos. «Impresionante, no había visto nunca nada igual», me comentó boquiabierto. De todas formas tan extraordinaria marca no me sirvió de nada, ya que al parecer se le olvidó y me suspendió.

Al final de la lista me quedaban sólo dos deportes y como no sabía por cual decidirme opté por entrenarme con ambos. Además eran los que exigían un nivel de equipamiento más básico, pues me sobraba con unas zapatillas, pantalón corto y camiseta para el primero y un bañador y gorro para el segundo. Así pues metí todo en mi bolsa de Munich ’78, junto a los útiles para la ducha —ya sabéis: grifo, un metro de tubería de plomo, un tapón de goma con su cadenilla y un desatascador, por si acaso— y me largué al Complejo Deportivo de mi pueblo.

«¿Natación primero y atletismo después o al revés de a viceversa?», pensé liándome un poco con los términos. «Si corro primero, sudaré. Si sudo y me baño después, estaré limpio. Pero si sudo y luego nado, ¿estaré limpio? Acaso, ¿no se suda nadando? Y si se suda, ¿dónde va a parar el sudor? Al agua, claro. Luego si yo me tiro al agua, estaré recogiendo el sudor de todos los que se han tirado antes que yo. Y si se han tirado muchos, entre el agua y las bolillas que se forman entre los dedos de los pies, el agua estará formada por una pegajosa sustancia gris con olor a queso o vinagre. Lo cual explica, evidentemente, la obligación de usar esos ridículos gorros de plástico…».

Ante esta clarividencia opté por empezar con el atletismo. Entré al vestuario, aguanté la respiración dos minutos y salí colorado con mi bañador puesto. Me apreté las aletas e inicié mi recorrido por la pista lo más rápido que podía. Cuando vi que todos, incluido el de las muletas, me adelantaban comprendí que lo mío no era la velocidad sino el fondo. Recordé las palabras de mi profesor de Filosofía: «en el fondo eres bueno, Juan». ¿Cómo lo sabía él? ¿Tenía buen ojo para descubrir atletas con talento? Mientras recordaba los tiempos felices de estudiante de BUP era adelantado por el equipo de marathon del Hogar del Pensionista, cuyos miembros me miraban sorprendidos al principio y muertos de risa después de verme tropezar veinte veces en seis metros. Ante mi mirada iracunda siguieron corriendo mientras jugaban a «Adivina qué película represento haciendo estas chorradas».

—Si las aletas fueran de mi talla os ibáis a enterar de lo qué es un atleta. ¡Ignorantes! ¿Os creéis que por correr más deprisa se es más rápido? —preguntécon la duda de si había dicho algo estúpido, cosa que,después de pensar un cuarto de hora, aún no tenía claro.

Llevaba media hora corriendo y estaba a punto de concluir mi primera vuelta por la pista. Los del Hogar de Pensionista, que sin duda conocían algún atajo, me habían adelantado doce veces, por lo que no me extrañó ver caer al cabecilla, preso de un infarto, tras adelantarme de nuevo. El vejete exhaló un desesperado» ¡aaaauuuuugggghhhttt!» mientras caía de rodillas mirando hacia el sol con los brazos extendidos.

—»Yo lo sé. Esa es Platoon» —dije con la seguridad de que el abuelete trataba de emular a Tom Berenger.

Los compañeros del frustrado actor empezaron a insultarme.

—Si no sabéis perder no juguéis, ¡cretinos!— les dije con mi acostumbrada educación—. Además, ésa era facilita…

Comenzaba a sudar. La cosa se ponía fea. Era hora de cambiar de especialidad y, mira por dónde, a diez metros de mí apareció la zona dedicada al lanzamiento de jabalina. Una vez más mi espíritu aventurero y mi instinto de explorador me aconsejaron probar una especialidad tan interesante como nueva para mí.

Con una de las jabalinas en la mano tomé la acostumbrada carrerilla para lograr el máximo impulso, pero justo cuado realizaba el lanzamiento se me dobló la aleta izquierda, lo cual alteró ligeramente la trayectoría de la jabalina pasando por encima del muro que separaba esta zona y la pista de atletismo.

A los pocos segundos se presentó ante mis narices el equipo del Hogar del Pensionista con el jubilado del infarto en el centro, andando medio espatarrado, atravesado por mi jabalina y con una cara de mosqueo preocupante.

Yo lo tenía muy claro. Habían venido todos juntos para darme otra oportunidad. En el fondo no eran malos chicos, sólo un poco diferentes. Pensé y pensé hasta ponerme rojo y cuando ya estaba a punto de perder el sentido, estrangulado por mis nuevos amigos, se me encendió la bombilla.

—¡Murieron con las botas puestas! ¿A que sí? ¿He acertado, no? —pregunté emocionado.

En lugar de aplaudir me apretaron más. Sin duda me había equivocado de película.

—¡Moby Dick!, ¿nooo?, ¡aaaggghhhtt!, ¡El halcón y la flecha!, ¿tampocoooo?, ¡aaggghhtt!, ¡Excalibur!, ¡Startrek XV!, Mogambo, Robocock…

No era mi día de suerte. Yo en este juego, y en el parchís, siempre había destacado por mi perspicacia y agudeza, siendo raro el no acertar antes de 62 intentos. Mis oportunidades se acababan a la vez que el aire de mis pulmones. Empezaba a ponerme rojo, muy rojo, cuando…

—Venga, nenes. Dejad en paz al joven e id a la ducha para poneros guapos para el baile —dijo una monja entrada en carnes que portaba un rosario sobre la camiseta de Black Sabbath.

Los jubilados se fueron alegremente, saltando y cantando ante mi confusión y mi incipiente cabreo. Mi paciencia tenía un límite y se había rebasado. Al final estallé y les grité como un poseso.

—¿SE PUEDE SABER QUÉ PELÍCULA ERA? ¡AL FINAL DE CADA PARTIDA HAY QUE DECIR EL TÍTULO! ¡TRAMPOSOS! ¡NO SABÉIS JUGAR! —rugí desesperado.

De nuevo me encontraba sólo ante las pistas bajo un sol urente que estaba dándole un toque de cangrejo a mi delicada piel. El calor empezaba a ser insoportable y las aletas se derritían con cada paso. Sólo me quedaban dos opciones: el gimnasio o la piscina.

Recordé lo que ligan los tíos cachas en las películas y me propuse experimentarlo en mis carnes. Que no se me entienda mal: no pretendía ligarme a un cachas, sino convertirme en uno. Dirigí los reductos plásticos que rodeaban mis pies al gimnasio del Complejo Deportivo.

La sala de musculación estaba llena de biceps como mi cabeza y, tal vez, tantas neuronas como playas tiene Segovia. Un antro con tanto sudor y humedad debía ser, sin duda alguna, un magnífico criadero de piojos o bichos similares, por lo que antes de entrar tomé precauciones poniéndome mi gorro de natación del equipo «Nocilla,¡qué meriendilla!». No es de extrañar que mi aspecto de tipo inteligente, bien dotado, atractivo y completamente inútil llamase la atención a todos los presentes al entrar en el recinto.

—¿De dónde has salido? —me preguntó un gorila.

—Lo siento. No pretendo excitar a nadie con mi bañador. Sé que vas a preguntarme que dónde he estado toda mi vida, pero yo vuestro rollo gay lo respeto pero no lo uso…

—¿Qué cojones quieres decir…?

—Lo que me suponía. Tonto del culo…

Esta vez había infravalorado al gorila, pues entendió perfectamente que me estaba refiriendo a él y me lanzó un disco de quince quilos. Por suerte me agaché a tiempo. El disco acabó hecho migas al chocar contra la espalda del que yo pensaba que era el primomazas del increíble Hulk.

Un minuto más tarde el lanzador se estaba tragando los discos de treinta quilos como quien se toma un Sugus. No sé si realmente estaba hambriento o se dejó influir por el otro y su metro noventa inter-clavicular.

Yo, persona poco amiga de líos, me senté en un extraño aparato e intenté mover dos palancas. Ante el escaso éxito decidí probar con la barra que había a dos palmos de mi cabeza. Esta vez sí que logré que cediera a mi empuje, logrando acercármela hasta el pecho.

—Chaval, prueba con algo de peso —dijo una mole dejando caer varios discos en la pieza que arrastraba mi barra.

Fue una experiencia fantástica. Cierto es que me hice un buen bollo en la frente, pero la sensación astronautica que experimenté al salir disparado hacia arriba enganchado a la barra fue irrepetible.

—Si sólo he añadido nueve quilos —murmuró la mole asesina.

Me recuperé y opté por fortalecer las piernas, pues el resto de mi cuerpo ya había tenido lo suyo. Un banco de musculación parecía ideal para mis intenciones. Me senté en él e intenté levantar los dos pies a la vez, pero aquello parecía imposible.

«¡Cojones!, si es que hay dieciseis quilos. Probaré con cinco primero». Y probé. Me sorprendía a mí mismo viendo la facilidad con que movía el conjunto. «Ahora, diez quilos». Empecé a sudar, pero tras cinco minutos llegué hasta arriba. «Vamos a por doce», me dije afrontando uno de los retos más difíciles de mi vida. Con la ayuda de un monitor logré llegar hasta arriba. Allí estaban mis pies: justo en frente de mí, rematando ese ángulo recto que formaba mi cuerpo.

—¡Prueba conseguida! ¿Estoy preparado ya para afrontar una Olimpiada con ciertas garantías? —le pregunté al especialista.

Su «¡qué chachondo!» lo interpreté como una afirmación y una lágrima de emoción se deslizó por mi mejilla, mi espalda, pies y la oreja izquierda —puede que esto se debiera a los movimientos espasmóticos que el terrible esfuerzo me obligaba a hacer. Pese a lo forzado de mi situación me imaginé ganando el decathlon.

—Disculpa, Sansón, pero tengo faena. Te suelto ya los pies. Intenta bajarlos tú solo tranquilamente —me aconsejó antes de avalanzarse cual quebrantahuesos sobre una alumna de aerobic que pasaba por la puerta.

—¿Sí? ¿Qué dice? —pregunté confundido al volver de mi sueño.

Las pesas volvieron disparadas a su punto de partida y yo dibujé una estela de doscientos cuarenta grados para acabar estampado contra el sudoroso suelo.

Al levantarme ví con claridad que tal vez mi futuro deportivo estaba en la natación y por ello entré al vestuario y me cambié de ropa. Cuando intenté entrar me detuvo el portero.

—A ver, listillo. ¿Vamos de carnaval o qué?

—No sé de qué me habla —respondí indignado.

—Gorra de Jack Daniel’s, chandal, camiseta de Iron Maiden y manguitos. ¿No vas algo raro para meterte en la pisicina?

—¡Ah, bueno! Ya sé por dónde va. Yo solía usar una calabaza o incluso mi flotador de Goofy, pero la verdad es que hace años que no voy a la piscina y como no sabía si estos instrumentos estarían algo desfasados he preferido ir a lo seguro y apostar por los sempiternos manguitos.

—¿Te quieres quedar conmigo? —me preguntó en un arrebato de soledad.

—No, en serio, déjeme pasar. Es que vamos a gastar una broma al socorrista…

—¡Ah, cojones! Haberlo dicho. A cachondo a mí nadie me gana. Pasa, hijo, pasa…

Mientras me dirigía al borde de la piscina me preguntaba a mí mismo que cómo podía haber sido tan tonto de confundirme de ropa y haberme puesto para nadar lo que me había preparado para correr y vice-versa.

Escasos segundos después de meterme en el agua el socorrista me llamó la atención. «¿Cómo quiere que me quite las zapatillas y la camiseta? Sólo Dios sabe lo que puedo encontrarme flotando. ¿Cómo que no es lo mismo gorro que gorra?». Me planteó tantos interrogantes que tuve que salir a explicarle mis motivos y, según parece, le convencí porque a los dos minutos él mismo estaba lavando su coche en la orilla menos profunda.

Intenté nadar diez metros seguidos sin descansar y, os lo juro, casi lo conseguí, pero desistí en el intento al sufrir un tirón. De repente, mientras me recuperaba de mi lesión llegó un sujeto vaciloncillo marcando paquete y nos hizo ponernos en torno a él.

—Bueno, hoy perfeccionaremos el crols y mañana empezaremos con espalda. Ahora vais a haceros diez piscinas y luego pillaremos los corchos y haremos un ejercicio nuevo…

—Perdone, yo es que no soy de este…

—¡Hombre, uno nuevo! Me alegro. Veo que no llevas traje debaño…

—Bueno, en realidad es de Agatha Ruiz de la Prada —improvisé.

—Siendo así… al agua todos. ¡Venga! —bramó.

Todos los críos se tiraron con estúpida ansia a la piscina. Yo bajé por la escalera con prudencia para no pisar ningún erizo de mar e intenté seguir su rastro. Tras veinticinco minutos de esfuerzo, y alguna que otra parada de descanso en la boya, llegué al extremo opuesto de la piscina, en el cual aguardaba el profe.

—Ahora, rayo, vuelve a aquel lado… —me dijo con un perceptible deje irónico.

—Debe estar de broma. Vengo de allí…

—Sí, ya lo sé. Pero has de ir y volver…

—O sea, que debo estar de nuevo aquí. ¿No cree más sensato que me quede aquí a esperar antes que empezar a dar vueltas sin rumbo ni sentido?

—Tiene razón, señor Paco…

—¡Tú te callas, Florencio! Venga pal otro lado los dos o empiezo a repartir…

—Que conste que voy a ir porque creo que me he dejado algo allí, no porque me impresionen esos biceps como melones, o ese cuchillo de cacería del Teletienda —aduje para salvaguardar mi dignidad.

Al llegar al otro lado me encontraba sólo en la piscina, pues ya había pasado la hora del cursillo. Salí arrugado cual envoltorio de bocadillo e intenté secarme con mi fregona Villeda, pues según la tele absorbía la humedad sorprendentemente. Desengañado con las promesas publicitarias me abrí para mi queli, destrozado por el esfuerzo de una jornada deportiva que fue la primera y única de mi vida.

Así pues, eso es todo de momento, amigos.

   

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